En una época donde las emociones parecen dar respuesta a todos los “porqués”, tomar decisiones se vuelve un terreno incierto. A veces dudamos demasiado y otras decidimos deprisa, sin dirección y sin trazar un plan.
Decirnos “no estoy a gusto”, “esto no es lo que quiero”, o si lo prefieres, en términos positivos, “quiero darme lo que no me di”, “quiero esto para mi vida”, no es debilidad, son sentimientos e ideas lícitas que muchas personas tenemos en algún momento de la vida.
No concibo a un individuo separado de su razón, ni una razón separada de la emoción, como si fueran compartimentos distintos o inteligencias independientes. La inteligencia está atravesada por ambas. Y el plan que trazamos para hacer frente a nuestros miedos no puede sostenerse solo desde los caballos emocionales.
Para llevarlo a cabo es necesario un diálogo constante entre lo que sentimos y lo que la razón dirige para hacernos compatibles con el medio. Porque en el camino hay momentos de certeza y éxitos, pero también de incertidumbre, y será precisamente el triunfo de ese diálogo el que nos permitirá mantenernos firmes en cada paso.
Por otro lado, no es sencillo controlar lo que viene de fuera. Y cuanto más alejamos la mirada, más evidente es que una sola persona no puede controlar todas las circunstancias.
Pero hay una parcela de libertad que nada ni nadie puede arrebatarnos: la de ser la mejor versión de nosotros mismos en el momento presente para trazar nuestro camino con la voluntad de construir una dirección sostenida y propia.